Choco es como su pintura, delicado y a la vez expansivo, transido de claroscuros y seductor por naturaleza. Su seducción nos obliga a saborear con fruición sus cuadros, a sumergirnos en el caucho y la celulosa, a apoyarnos en la madera y el linóleo, en el metal y el vinilo. Nos lleva de la mano a un mundo donde cautivan los aromas de las frutas tropicales, los brazos y las piernas de cuerpos que se mezclan en su etnicidad para afirmar los valores identitarios de la isla. Nadie pretenda descifrar el misterio de su pintura, ese queda sumergido en el corazón del artista. Pero eso sí, en su arte está la esencia de lo cubano.
Miguel Barnet
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